Saber que ya no me dejas mensajes por los rincones de Santiago, demasiado obvios para estar escondidos. Y saber que ya no redactas a Catalina en tu cabeza, que no evocas los recuerdos, que desvías sus llamados, que ignoras su presencia.
Saber que ya no le escribes a ella. Son otros, ahora.
¿Cómo se te hizo tan fácil olvidar?
Quisiera que me obsequiaras, un regalo de buen gusto, algo de tu fortaleza. Enséñame a correr, enséñame, más que nada, a ser fuerte, que me cuesta tanto.
Acá, en mi barrio, todo es muy distinto. La vida no es dulce, es insípida. No hay olores, no hay matices, intento correr lejos, muy lejos, todos los días, pero creo que estoy en un laberinto y aún no encuentro la salida.
Enséñame el final, tú conoces el camino, ya terminaste el juego, pasaste a otro nivel o simplemente te marchaste en retirada.
Acá en la esquina, todo pasa muy rápido. Sé que del otro lado, a la vuelta de la manzana, está la playa pero no consigo ver el mar, aún no encuentro al pulpo.
Saqué la tiza del bolsillo de mi pantalón y dibujé un luche en el suelo.
Los números son algo estrechos y tengo sólo una piedrita pequeña para lanzar.
La palabra cielo se refleja con resplandor en el claro de luna.
Volver y empezar, una y otra vez.
No es agotador, aún te busco.
La frustración se dibuja en el asfalto, no hay reciprocidad.
La palabra cielo tiene todas sus sílabas pero no las veo. Sé lo que se lee, sólo por convención.
Talvez dibujé muy pequeño y aún está muy lejos de mi.
Oliveira veía a la Maga en todos lados.
Ayer me senté junto al club de rayuela a conversar sobre estrategias. Talvez me quedé sorda y no sé porque sigo sentada junto a ellos.
Oliveira veía a la Maga en todos lados.
París está muy lejos.
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