A veces igual me dan ganas de irme. Tengo ese impulso muy muy grande de salir corriendo, porque sé que una parte de mi prefiere quedarse atrapada en ese espacio de no reciprocidad que construí en la ausencia de un septiembre. Yo hace rato que no escribo partituras con semifusas y hace rato que no me daba cuenta. Porque como siempre, me quedo con las pestañas pegadas a los pies y no logro vislumbrar lo que sucede a mi alrededor. Ya no eres a quien quiero, porque nunca fuiste la misma y nunca fuiste lo que yo creí que sí, porque terminaste siendo lo que temí y me da rabia con mi conciencia que no puede recordarte con magia, talvez se manchó mucho de sangre o siempre hubo coágulos temerosos de encontrar la verdad.
Ahora mi temperamento se atonta con el aroma de la bufanda que llevo puesta, se impregnó de pasión en mi cuerpo y lo llevo a todos lados, es inabordable. Por eso me dan ganas de correr, porque soy tonta y temerosa y cobarde y prefiero irme si las cosas se salen de lo que llevo presupuestado o porque me gusta tener el control y aunque lo tengo, me doy cuenta que no tengo intención de apoderarme de ese control para ejercer mi voluntad. Mi sangre fluye con liviandad, sin coágulos que sopesen mi malestar, sólo se deja llevar mi cuerpo y no quiero empezar a querer otra vez.
Pero me gusta tocar su boca y morder sus labios y quedarme sentada a su lado, sobre un árbol, hasta convertirnos en cíclopes, recorrer su cuerpo y dejarme llenar de la pasión que a ambos nos envuelve y me estoy atontando de sentir, no sé que le pasó a Catalina que de pronto mató los fantasmas tan ágilmente y se fue volando. A veces se vuelven demasiado tangibles los relatos que te contaba cuando te decía que yo no era de las que llega, que yo soy de las que se va.
Yo me fui y sabíamos que pasaría. No te mientas en decirte que optaste por dejarme porque yo me fui, tú te quedaste quemando recuerdos. A mi ya no me importan los boletos de micros, las cartas de amor, los zapatos sobre la banca o los cristales de Lynch... y me asusta un poco mi rebeldía ante la situación, por eso me tranquilizo al escribirte, intento ser benevolente con los propios recuerdos y recordarlos bonito pero la verdad es que bien poco me importan. No sé porque, yo creo que hace tiempo que ya no te creía nada, me dan lo mismo las excepciones, tú fuiste en mi y sé que dejé marcas, no rastros, tú no te vas, tú te desfiguras el cabello y así te queda mejor, pero no serás nunca quien fuiste porque esa que fuiste que yo quise fue un destello de una interpretación particular de la la rapsodia que nos describía y eso no se repite otra vez, no se reproduce dos veces sin plagio, la autenticidad la tuviste conmigo, no con tu aura.
Yo creo que me apesté de gente y te convertiste en gente, tienes razón, te perdí en el pantano también, fuiste de las que salió corriendo porque nunca entendió nada y me da rabia darme cuenta que nunca entendiste nada y que cuando mis oídos se crispaban a cada instante por tu falta de entendimiento permanente, me matabas despacio toda esa cosa bonita que me daba al verte, que me hacía am(arte), no sé que pasó que nunca fuiste la que eras.
O talvez llegó un secuestrador de sombreros que se llevó mi cabecera y tuve que perseguirlo y me llevó a jugar una nueva partida y me gusta sentarme a su lado a jugar al luche, me gusta y aunque quiera correr a cada instante por mi narcisismo autoritario, sé que hay una parte de mi que sonríe y se ríe de los fantasmas.
Hasta de Andrés me reí hoy, hasta por Andrés dejé de llorar y me gusta eso porque hoy lo encontré de nuevo en la plaza y me tomó de la cintura y salimos a recorrer la magia de volvernos a encontrar.
Andrés me dice que está bien el narcisismo pero que no me engañe pensando que todo está bien cuando está bien. Y yo sé que tiene razón, por eso fuiste mi preciada princesa preciosa color índigo, la semifusa auténtica de la partitura, pero fuiste y ese fuiste fue la magia, yo no sé que quedó de eso en la mujer que eres ahora. Pero seguirá sonando un amiga mía y te eternizarás en mi cabeza como un nuevo muñeco, como un personaje más del repertorio de clásicos del jazz de París, como esa estrella que se vuelve infinita al ser observada por mis ojos y te agradezco tanto que a esa princesa la hayas dejado conmigo y no la hayas quemado con los recuerdos. Pero te advierto que no volverás a verla [sé que tu nuevo ser no lo quiere] porque yo me fui lejos y ahora es mía y sólo mía y de los relatos que salgan de mi cabeza. Será un fantasma más para ti.
Oye, Andrés, vamos todos donde el pulpo, Camille, Semifusa, Josefina, Johny, que yo te quiero tomar una foto en tu estrella. ¡Me muero de ganas por salir!