Es que es poco lo que me veo en tiempos de sol.
Me gusta camuflarme, entre montañas, entre volcanes, entre murciélagos y espantos.
Es común encontrarme -esto escrito entre asteriscos diminutos- por donde sea que divague un gato o una lechuza, pues me convierto en ojos zizagueantes de la oscuridad.
Albergada en un castillo, dibujo la inocencia de tus ojos que creen volver a encontrarme, que intentan persuadirme de que la verdad está, frente a mis ojos.
Puesto que soy una falsa realidad de tu existencia, es un poco difícil convencerme de la candidez de cualquier artefacto mágico que, como misión, tenga la que encontrar la coartada perfecta para unirnos.
Mi crimen es más bien un asesinato al río maltrecho, al árbol de plástico, a la estrella perdida sin rastros de luz.
Mi móvil se fundamenta en un relámpago de miel. Sus argumentos, aunque flexibles, son una base firme para finalizar la venganza. Y es tan dulce que no podrás evitar caer. Como ya has caído y como yo he caído.
Es por el puro gusto de verte intentar encontrarme, mi querido. Pero yo recorro tus calles, tus teatros, tus humeantes piletas, tus ridículas ventajas de ser el más poblado. Tu sonrisa diminuta cuando aquel destello que irradias te convierte en ciudad. Con o sin historia. Con o sin tiempos.
Pues yo no necesito escaparme a las carreteras del sol para poder admirarte o despreciarte.
Pues yo no necesito esconderme en la lejanía de un lago artificial para poder lamerte los pies, diminutos, asquerosos de basura.
Ya lo he dicho. Yo no necesito fugarme a un espacio desierto con saborcito a nada, visto con anteojos de sol como un espejismo a la orilla del mar, para entender que hueles a mierda.
En tiempos de sol o en tiempos de luna, lo fatigamos con el estruendo, con la sobredosis de nosotros mismos, con el coma etílico, con el cáncer a los huesos, con la enfermedad creciente, neurodegenerativa. Con la demencia y la muerte y el maldito olor a tabaco y puterio.
A veces pretendemos recobrar la historia. Pero el amigo alemán nos inunda con su ausente caída del cielo.
A mi me gusta radicarme en tu cabellera blanca, Santiago.
Y desde el fin de la colina, gritarte, gritarte, gritarte que contemos el sabor de estos tiempos.
Me gusta camuflarme, entre montañas, entre volcanes, entre murciélagos y espantos.
Es común encontrarme -esto escrito entre asteriscos diminutos- por donde sea que divague un gato o una lechuza, pues me convierto en ojos zizagueantes de la oscuridad.
Albergada en un castillo, dibujo la inocencia de tus ojos que creen volver a encontrarme, que intentan persuadirme de que la verdad está, frente a mis ojos.
Puesto que soy una falsa realidad de tu existencia, es un poco difícil convencerme de la candidez de cualquier artefacto mágico que, como misión, tenga la que encontrar la coartada perfecta para unirnos.
Mi crimen es más bien un asesinato al río maltrecho, al árbol de plástico, a la estrella perdida sin rastros de luz.
Mi móvil se fundamenta en un relámpago de miel. Sus argumentos, aunque flexibles, son una base firme para finalizar la venganza. Y es tan dulce que no podrás evitar caer. Como ya has caído y como yo he caído.
Es por el puro gusto de verte intentar encontrarme, mi querido. Pero yo recorro tus calles, tus teatros, tus humeantes piletas, tus ridículas ventajas de ser el más poblado. Tu sonrisa diminuta cuando aquel destello que irradias te convierte en ciudad. Con o sin historia. Con o sin tiempos.
Pues yo no necesito escaparme a las carreteras del sol para poder admirarte o despreciarte.
Pues yo no necesito esconderme en la lejanía de un lago artificial para poder lamerte los pies, diminutos, asquerosos de basura.
Ya lo he dicho. Yo no necesito fugarme a un espacio desierto con saborcito a nada, visto con anteojos de sol como un espejismo a la orilla del mar, para entender que hueles a mierda.
En tiempos de sol o en tiempos de luna, lo fatigamos con el estruendo, con la sobredosis de nosotros mismos, con el coma etílico, con el cáncer a los huesos, con la enfermedad creciente, neurodegenerativa. Con la demencia y la muerte y el maldito olor a tabaco y puterio.
A veces pretendemos recobrar la historia. Pero el amigo alemán nos inunda con su ausente caída del cielo.
A mi me gusta radicarme en tu cabellera blanca, Santiago.
Y desde el fin de la colina, gritarte, gritarte, gritarte que contemos el sabor de estos tiempos.