viernes, agosto 28

Desde el abismo y de ti

Nada es nada, por nada.
Nada es el día y la noche, junto a ella.
Nada en las tinieblas!
Ni en el lóbrego jardín de tus recuerdos.
Nada es la sonrisa y la mía, junto a ella.
Y desde tus manos, tus palabras se hacen, nada.
Si despojo de tus brazos, tus codos tus hombros
tu boca, mi mirada, las palabras se confunden
Oh! es, macabra risa, nada!
Despechos en el vientre de las promesas
Contiguos placeres e inolvidables olvidos:

La Nada aquí se hace presente!

Y pretende, como el verdugo de unos amantes,
convertirme en cenizas, en fuego y encarcelarme
¡Humillarme!

Oh, Nada! No me sumergas en el abismo
de falsas promesas... y si aquí has de venir
y osas de llevarme a tu Reino, no me sometas,
Oh, no me lastimes, no vulneres mis esperanzas!
No conviertas en trivial, el sueño que es amar.
Oh, destellos incesantes...
Llamaradas sin verdades, sin escrúpulos ni sentido!

Más bien, sumidos en la Nada, como nosotros...

lunes, agosto 24

Pequeños Rasguños (Primer Movimiento)

(Parte Primera)

Suspiré, mientras contemplaba sus mejillas enrojecidas por la vergonzosa caída de la cual había sido víctima hoy. Corrí en su búsqueda. Alcé la mano para ofrecerle mi ayuda y observé algunas lágrimas que caían de sus ojos, también enrojecidos.
- Vamos a casa – recomendé. Y ella, sonrió, dejando clavada su mirada en mí.
Subimos al auto y recorrí con la mirada los pequeños rasguños que tenía a través de su delicado cuerpo. Fue entonces, cuando me di cuenta de cuanto dolía dejar esto así. “Pequeños rasguños”, pensé. De pronto, asombrado, escuché su comentario y con una burla irónica respondí a su llamado.
- Perdón por lo ocurrido hoy – señaló, agachando la cabeza con resignación.

- ¿Me pides perdón por YO dejarte en ridículo? – respondí entre risas y miradas nerviosas intentando acechar su respuesta.

- ¡No! – exclamó con furia – Me refiero a lo ocurrido luego de clases de Química, con Johnny – recalcó, más cautelosa.
Me mordí los labios. Incapacitado para sobrellevarlo, no quería recordar aquel episodio. Pues sí, no era capaz de sobrellevarlo, entonces, ¿cómo podía dejar las cosas así? Muchos dirían “egoísmo puro”, quizá. No lo sé. No me importaba nada más que ella en esta vida y si no estaba cerca, como yo la quería, mi vida no tenía sentido. No, no tenía sentido. Deseaba inescrupulosamente amarle y luego ya, de tantos fracasos, no era capaz de soportar más. Maldito Johnny, murmuré para mis adentros. Maldito era el día en que él había aparecido en la vida de Mariana a ocupar mi lugar. Si, porque ese era mi lugar. Absorto en mis pensamientos, interrumpió a mi morbosidad sinuosa, un quejido, un llanto más bien y fue entonces cuando Mariana dijo entre sollozos:
- No te amo, compréndelo – me miraba aturdida de tanto llorar.
No había alcanzado a darme cuenta cuanto tiempo había transcurrido desde envolverme en mis más remotos pensamientos.
- No puedo – prosiguió –. No como tú quieres que lo haga. No quiero hacerte daño, Felipe. Pero no puedo y quiero que te olvides de esto de una buena vez – su volumen aumentaba, conforme iba recuperando la voz; su lamento más bien ya parecía un regaño y entonces, indecisa, susurró:

- Quizá, yo deba… irme de casa, lejos… ya sabes, con mam…

- ¡No! – interrumpí furioso. O por lo menos eso expresaba claramente mi voz. Pero más bien, era desesperación lo que sentía, hasta el lugar más recóndito de mis entrañas. La idea de tenerla lejos, era aún, mucho peor.
Formulaba rápidamente una respuesta para evitar que prosiguiera con aquel desagradable deseo que le cursaba por la mente. No sabía que decir. Era un hecho que no me amaba y de tanto escucharlo, mi mente se hizo inmune a esa expresión. Separé de pronto mis labios con claras intenciones de responder, mientras alzaba la vista para observar su rostro. Ella me miró absorta nuevamente en su llanto y al observar su expresión, más que adolorida, claudiqué.
Miré nuevamente al frente tratando de concentrarme en el camino que debíamos seguir; nada más faltaba ahora que, por distraerme, precipitara el auto contra un árbol o me balanceara sobre el sendero volcándolo como esa otra vez. De sólo recordarlo, mi mente se retorcía. Mi pecho se encogía y me impedía respirar. Hoy era un día de aquellos; llovía a cántaros y el suelo resbaladizo probablemente me jugaría una mala pasada.
Intente concentrarme entonces en el camino, inmóvil, como capturado en una imagen, inerte. Entonces ella comenzó de nuevo:
- De veras no quiero continuar así. Siento que es un suplicio esta situación y para ambos. – y lo era, de verdad. – Me encantaría que dejases esto, quizá debería alejarme, ya sabes, cortar por lo sano – como si la salubridad de mi mente fuese realmente no tenerla más, como si alejarme de ella fuese a calmar mi obsesión. Porque a estas alturas, en eso se había convertido, una penosa obsesión.- Creo que comprendes que realmente yo no soy capaz de dejarte solo después de…
- ¿El accidente? – lo que me faltaba, la maldita lástima.
- Claro… desde ese… día – murmuró formando una expresión cabizbaja en su hermoso rostro.
Y la verdad es que ni un murmullo parecía. Sus palabras, cortantes, resoplaron tan inaudibles en el ambiente interior del automóvil que tuve que descifrar su contenido. Claro, tan fácil me resultaba, la conocía tanto…
De momento, invadieron mi mente un sin fin de recuerdos lejanos, confusos. Quizá mi infancia, quizá la eventual actualidad. Mi memoria cada día fallaba más, la obsesión me mantenía cegado, dopado. Como si no fuese suficiente con el intenso dolor que irradiaba mi alma. Como si no fuese suficiente con el incesante terror que inundaba mi corazón. Como si no fuese suficiente con convertirme en un patético paranoico enamorado. Más aún, me cegaba, me aturdía, me envejecía.
Las imágenes eran borrosas, casi imperceptibles. Distinguí una figura femenina apoyada sobre el capó del automóvil negro, fumando con actitud de irreverencia y con su acompañante riendo a carcajadas. Los recuerdos se hacían más precisos esta vez. En un oscuro sendero, el auto negro se encontraba aparcado a la derecha. Los árboles agitaban sus ramas con vehemencia y a pesar de la helada exterior, la mujer vestía una falda corta de mezclilla con una blusa verde que contrastaba con su bello tono de piel color tigresa. Inmediatamente a esa imagen, mi cabeza se retorcía, tras un gran esfuerzo mental, como si estuviera recobrando la memoria, como si durante un gran lapsus de mi vida hubiese tenido amnesia y entonces la imagen se hizo clara: un deteriorado poncho rojo acercándose al sendero, de seguro con exceso de velocidad para la zona, estrecha. La mujer de blusa verdosa, acercándose al camino, borracha. El hombre que la acompañaba gritaba eufórico, henchido en santo gozo justiciero, la empujaba, la levantaba y reía. Ambos estaban borrachos, ¿jugaban?, ¿peleaban?, quizá son incógnitas que jamás podría descifrar. Y de pronto, el poncho, un rechinido de llantas en el cemento, un segundo, un estrello. Una vida menos.
- ¿Que ocurre? ¿Comienzas a recordar algo? – habló Mariana con un dejo de euforia en su voz. Quizás apagada debido al interminable llanto.
- Es sólo que…
Y entonces en ese momento me di cuenta que tenía mi cabeza acurrucada en los brazos. No recordaba con exactitud el momento en que había detenido el automóvil y menos aún el instante en que me estacioné frente a su casa.
- Estamos en tu casa. – intenté asegurar.
- Lo sé. Ya harán una hora desde que llegamos.
¿Una hora? ¿Cómo era posible que llevásemos tanto tiempo aparcados frente a su casa?
- Y bien, ¿que te sucede?, ¿te sientes bien?, ¿no quieres pasar? Papá está en casa y de seguro tendrá la voluntad de hacerte pasar a la consulta.
- Creo que estoy bien, pero no me haría mal una pequeña revisión. Tengo un dolor de cabeza infernal.
Tenía la extraña necesidad de entrar a su casa, como si algo buscara allí. No entendía muy bien qué, pero de seguro me haría encontrar respuestas a las interrogantes de mi cabeza. Maldita amnesia.

domingo, agosto 23

Pequeños Rasguños (Segundo Movimiento)

(Parte Segunda)

Avanzamos hacia su casa y entramos en el salón. Nos sentamos con cierta distancia premeditada en los sillones antagónicos que se ubicaban alrededor de la lúgubre mesita de centro. Esperamos pacientes la aparición de su padre.

- ¿Desde hace cuanto te conozco, Mariana? – pregunté, intentando despejar mi mente con su cantarina voz. Mientras la escuchaba, más me sumía en la miseria de no tenerla, pero mi mente se relajaba; las contracciones cerebrales dejaban de hacer de las suyas.

- Desde pequeños – contestó, arqueando las comisuras de sus labios rojos. Hizo ademán de recordar, tal vez una anécdota y prosiguió: Cuando éramos pequeños Felipe, nos la pasábamos todo el día juntos en los matorrales buscando moras maduras en las zarzamoras. Tu siempre encontrabas primero que yo y te las comías todas sin convidarme aunque fuese solo una y me ponía a llorar de primera y entre sollozos me decías “De que viene todo ese llanto, si tu no sabes buscar, allá tú, no es mi culpa que seas tan mala sabuesa. De seguro hasta un bebé recién nacido las encontraría antes que tú”. Y entonces yo me enrabiaba y no te hablaba durante toda la tarde, hasta que se repetía a la siguiente mañana y así con todas las amanecidas de primavera.

- Hasta que conociste a Johnny – contesté con tono irónico, intentando ocultar mi amargura. Porque si bien no recordaba mucho luego del accidente, sabía perfectamente que nuestro distanciamiento se debía a la aparición de Johnny en la vida de Mariana. Cartas me lo comunicaban. Además, tonto no era. Maldito Johnny, volví a pensar. Todo, exactamente todo, se trataba de él. Y de Mariana y de su brillante relación de amor. Que asco, que amargura, que dolor.

Lo siento – susurró. Encrespó los dedos de ambas manos y se las tomó simulando impaciencia. De verdad estaba incómoda. Lo notaba.

- No lo sientas – increpé - No lo sientas sólo por lástima. Doy pena, lo sé.

- ¡Felipe!, te has convertido en mi mejor amigo. Yo te quiero, no como tú. Pero me daña tanto como a ti el tener que decirte que no. Johnny está conmigo y tú no puedes involucrarte ya.

- Te trata pésimo – la increpé nuevamente. Su rostro se tornó sombrío. Bajó la mirada y atisbé su expresión: era completamente indescifrable.

- No es eso, sólo es algo más efusivo, más pasional. Cuando se sobresalta se sale de sus casillas. El que me gritara tanto hoy, no lo sé. Tal vez me lo merecía, ¿no crees?

- ¿ESTÁS LOCA? – chillé con furia. Si hoy yo no te hubiese arrastrado hacia el estacionamiento de seguro te hacía trizas las narices, delante de todos.

- El intenta protegerme eso es todo. – suspiró como rendida, y se acomodó mejor en el sitial del juego de sillones de su salón.

No lograba entender como le soportaba tanto. No lograba entender como pretendía calmarme diciéndome que él intenta protegerla. Es una vergüenza. ¿O es que ella aún no entendía que su novio no sólo era un poco más efusivo de lo normal, sino violento y bastante. Es por eso que pasaba con psiquiatra, el animal. Aunque yo también pasaba en consultas con loqueros y animal no era. Era relajado, calmado, el hijo ideal. Mis únicos dos problemas: la pérdida de mi memoria y la aberrante obsesión de conseguir el tesoro.

Un momento… ¿moras?, ¿Johnny?, ¿Mariana?, ¿rasguños?, ¿autos?, ¿accidente?

Y justo en ese momento, vi levantarse lentamente la cabeza de Mariana, absorta nuevamente en su llanto y observar con clara indecisión un punto fijo.

- Estaba desesperado, hija. Así que le permití entrar – recalcó el médico.

Giré la cabeza, anonadado. Y estaba él, ubicado a la derecha del doctor.

- Lo siento tanto, preciosa. Hoy me precipité demasiado. Exageré. Tu sabes que sólo fue en deseo de evitar tu culpabilidad – se acercó, tocando sus mejillas, enrojecidas del llanto – Tu sabes que no tienes la culpa de nada, mi amor - y una mirada fulminante se atravesó en mi campo visual.

Y comprendí todo. Más bien, recordé todo. Un estremecimiento atravesó como una puntada en la parte posterior de mi cabeza. La aferré fuerte contra mi regazo y volví a presenciar todas las imágenes. Desde el comienzo. Una cronología de mi vida en mi cabeza, en un pálpito. Mi infancia, zarzamoras, Johnny y su llegada al liceo, el paso a la universidad, un día de paseo con papá en el viejo y ahora destrozado poncho rojo. Oscuridad total. Una mujer estremecida, sumida en llanto. Maltratada, con enormes rasguños sobre la piel. Un animal, acechándola, cortejándola, manipulándola. Un eterno enamorado acercándose al camino, captando la realidad de la situación.

- Tranquilo hijo, nos bajaremos a detener a Johnny y llevaremos a Mariana a casa. ¡Tranquilo, frena por favor!

Y entonces el animal con invencible insensibilidad, con una mirada, desató completamente mi furia. Con absoluta crueldad, mostró un barrote, ensangrentado. Personalidades múltiples y todo eso a mi no me compraban. Que había que entenderle ni nada. ¿Esquizofrenia?, escusas. Y en un intento de maniobra, aceleré el poncho con intenciones de atropellarle, fulminarle con los neumáticos. Un intento fallido, una mala maniobra. Escuché un grito ensordecedor. Un rechinido de llantas sobre el asfalto. Un auto volcado. Cicatrices en el cuerpo.


Levanté mi cabeza y con odio ensordecedor amenacé con la mirada al animal aquel. Mis ojos enrojecidos invadidos por las lagrimas me nublaban la vista y entonces recordé. Toqué la parte posterior de mi cuello y sentí las cicatrices. Como pequeños rasguños justo sobre mi médula espinal.

Y comprendí porque siempre permaneció a mi lado, a pesar de las torturas. La maldita lastima. La inescrupulosa misericordia. La miserable compasión. La atormentante culpabilidad.

Con voz engorrosa, exclamé: Te amo. Y observé fijamente los suaves y pequeños rasguños que tenía sobre la piel. Parecido a los que me cubrían completamente todo mi ser.

Andrés nació poeta

Andrés nació poeta