Yo te conocí para abrazarte elocuentemente, pero la elocuencia se transformó en caricias y besos, en pasiones y deseos, en momentos, nuestros. Si tampoco es tan difícil darse cuenta, basta subirse a un avión de papel con sabor a mermelada y edad de infante, recortar las flores de un vestido para deshojarlas en pétalos con el número exacto para regalar, tocar el timbre de una cantina de vino blanco y salir corriendo en un metro del cual todos deberían descender, traspasar la línea amarilla del andén de un ascensor con subida directa a los subterfugios de un cerro o recordar el reconcilio de unos patines con enojo de bobos cuando de fondo suena la batería de un soldado trifaldón. Las galletas de la mochilla y el terreno de flores fértiles me hacen recordar que aún tengo muchas cosas que vivir(te), reir(te), decir(te), conducir(te), sonreir(te). Y te regalaría té en corazones si existiera y como no existe lo fabrico para ti, en un develar romántico de palabras que se enredan solas, como la sinfonía de una metáfora oculta que no quiere revelarse porque el pudor la consume en labiales rojos. El d(arTÉ) se compondría de notas musicales que no necesitarían afinación, pues no queremos encontrar el acorde perfecto, mucho menos el correcto, la ideas es jugar, ¿cierto? Es por eso que cuando te digo que yo quiero(té), Alfil, es así, simple. Té con leche, mate, azúcar o miel, té con galletas, lápices, patines o aviones, da igual, yo te quiero.
Nos convertimos en cíclopes que fuimos cayendo a un lugar o elevándose a otro que no recuerdo cual es, tampoco lo conozco pues no he salido a buscarlo, aún estoy sumergida en este encanto.
Nos convertimos en cíclopes que fuimos cayendo a un lugar o elevándose a otro que no recuerdo cual es, tampoco lo conozco pues no he salido a buscarlo, aún estoy sumergida en este encanto.
Esto está impregnado de color morado!
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