(...) hablaba como un niño cuando intentaba con alardeos presuntosos simular ser un sabio. Jugaba a ser cómplice de los besos de amistad con la niña con flores en el vestido pero las intrigas de la noche afrontaban sus miedos cuando llegaba la hora de decidir el qué y el porqué de su qué. Pero en un momento dado, luego de la obseción infantil de la huida fraterna, el desorden de la soledad incompleta reinó el lugar y sin caricias, descubrió, que las flores marchitaban. La vinculación onírica de los besos en la boca los perdió a los dos en lo oculto del parque en que se conocieron pero la niña consumió toda la miseria de lo impredecible de sus versos.
De todas formas siempre seguirán jugando, porque cuando (...) y la niña hablan como niños, el encanto es mutuo.
De todas formas siempre seguirán jugando, porque cuando (...) y la niña hablan como niños, el encanto es mutuo.
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