Elisa salió de su casa. Se sentó en la escalera y esperó, allí sentada. Vió el tiempo correr, escuchando alguna buena canción, sintiendo el aire rozar sus mejillas, leyendo alguna buena historia de ciencia ficción o talvez alguna de amor, aunque la verdad, es que con esas, las lágrimas caían irremediablemente ante sus ojos y amenzaban con tomar el control de su cuerpo, mientras el dolor acariciaba sus labios. Prefería mirar al vacio y esperar.
Pasaron minutos, pasaron horas. El murmullo de la noche sonaba más fuerte y las raices del día se atolondraban. La luz se desvanecía. Era tiempo de volver a casa.
Contempló la luna acercarse, con su blanco marfil, admiraba la llanura de la ciudad. La cordillera empapada en sangre. Y una ilusión vaga de promesas infinitas. Como una gran mentira. Como la historia. Como la biblia.
Se asentó la noche en la capital. Y bajo insomnios discontinuos, Elisa se hizo una taza de café y miró las estrellas. Ya no reflejaban belleza.
El amanecer. Elisa tomo desayuno. Galletas de soda con leche blanca. Como todas las mañanas.
Era mediodía, prendió la tele. No había nada. Y si hubiera que mirar , tampoco lo vería, estaba sumergida en su propia realidad. Su mundo interior permanecía vivo y floreciente como un jardín en prosperidad. Pensamientos vividos tomaban lugar en una historia que se marchitaba con sus fantasiías eróticas de amor sin límites. De una revolución de vida.
Por la tarde. Eran las 4: era hora de salir. Sentarse en la escalera y ver recorrer por sus rostro aquellas viejas sensaciones que martillaban sus células. Así eran todas las tardes.
Como tallado en piedra, se configuraba en sus rostro, la mirada ávida de él. La sonrisa napoléonica de su rostro. Y esperaba allí sentada, como todos lo días, que él apareciera, como prometió.
Semana tres. Las cosas seguían igual.
Leche blanca por la mañana. Escaleras por la tarde. Y se iba dando cuenta que él no aparecía. ¿No quiería dejarse ver?
Se daba cuenta, se daba cuenta de sus estupidez. Se daba cuenta que él no pensaba en ella. Que se había olvidado que fue un capricho, era un maldito solitario que quería jugar.
Pero aún así, siguió sentada con un vestidito a croché, sentada sobre la escalera, y en su mente, el retrato de su esbelta figura, de su mentirosos ojos.
Talvez mañana ya no vuelva. Talvez mañana se tire a los cuatro viento porque fue engañada y no fue capaz de abrir los ojos a tiempo y proteger sus corazón.
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