(Parte Primera)
Suspiré, mientras contemplaba sus mejillas enrojecidas por la vergonzosa caída de la cual había sido víctima hoy. Corrí en su búsqueda. Alcé la mano para ofrecerle mi ayuda y observé algunas lágrimas que caían de sus ojos, también enrojecidos.
- Vamos a casa – recomendé. Y ella, sonrió, dejando clavada su mirada en mí.
Subimos al auto y recorrí con la mirada los pequeños rasguños que tenía a través de su delicado cuerpo. Fue entonces, cuando me di cuenta de cuanto dolía dejar esto así. “Pequeños rasguños”, pensé. De pronto, asombrado, escuché su comentario y con una burla irónica respondí a su llamado.
- Perdón por lo ocurrido hoy – señaló, agachando la cabeza con resignación.
- ¿Me pides perdón por YO dejarte en ridículo? – respondí entre risas y miradas nerviosas intentando acechar su respuesta.
- ¡No! – exclamó con furia – Me refiero a lo ocurrido luego de clases de Química, con Johnny – recalcó, más cautelosa.
Me mordí los labios. Incapacitado para sobrellevarlo, no quería recordar aquel episodio. Pues sí, no era capaz de sobrellevarlo, entonces, ¿cómo podía dejar las cosas así? Muchos dirían “egoísmo puro”, quizá. No lo sé. No me importaba nada más que ella en esta vida y si no estaba cerca, como yo la quería, mi vida no tenía sentido. No, no tenía sentido. Deseaba inescrupulosamente amarle y luego ya, de tantos fracasos, no era capaz de soportar más. Maldito Johnny, murmuré para mis adentros. Maldito era el día en que él había aparecido en la vida de Mariana a ocupar mi lugar. Si, porque ese era mi lugar. Absorto en mis pensamientos, interrumpió a mi morbosidad sinuosa, un quejido, un llanto más bien y fue entonces cuando Mariana dijo entre sollozos:
- No te amo, compréndelo – me miraba aturdida de tanto llorar.
No había alcanzado a darme cuenta cuanto tiempo había transcurrido desde envolverme en mis más remotos pensamientos.
- No puedo – prosiguió –. No como tú quieres que lo haga. No quiero hacerte daño, Felipe. Pero no puedo y quiero que te olvides de esto de una buena vez – su volumen aumentaba, conforme iba recuperando la voz; su lamento más bien ya parecía un regaño y entonces, indecisa, susurró:
- Quizá, yo deba… irme de casa, lejos… ya sabes, con mam…
- ¡No! – interrumpí furioso. O por lo menos eso expresaba claramente mi voz. Pero más bien, era desesperación lo que sentía, hasta el lugar más recóndito de mis entrañas. La idea de tenerla lejos, era aún, mucho peor.
Formulaba rápidamente una respuesta para evitar que prosiguiera con aquel desagradable deseo que le cursaba por la mente. No sabía que decir. Era un hecho que no me amaba y de tanto escucharlo, mi mente se hizo inmune a esa expresión. Separé de pronto mis labios con claras intenciones de responder, mientras alzaba la vista para observar su rostro. Ella me miró absorta nuevamente en su llanto y al observar su expresión, más que adolorida, claudiqué.
Miré nuevamente al frente tratando de concentrarme en el camino que debíamos seguir; nada más faltaba ahora que, por distraerme, precipitara el auto contra un árbol o me balanceara sobre el sendero volcándolo como esa otra vez. De sólo recordarlo, mi mente se retorcía. Mi pecho se encogía y me impedía respirar. Hoy era un día de aquellos; llovía a cántaros y el suelo resbaladizo probablemente me jugaría una mala pasada.
Intente concentrarme entonces en el camino, inmóvil, como capturado en una imagen, inerte. Entonces ella comenzó de nuevo:
- De veras no quiero continuar así. Siento que es un suplicio esta situación y para ambos. – y lo era, de verdad. – Me encantaría que dejases esto, quizá debería alejarme, ya sabes, cortar por lo sano – como si la salubridad de mi mente fuese realmente no tenerla más, como si alejarme de ella fuese a calmar mi obsesión. Porque a estas alturas, en eso se había convertido, una penosa obsesión.- Creo que comprendes que realmente yo no soy capaz de dejarte solo después de…
- ¿El accidente? – lo que me faltaba, la maldita lástima.
- Claro… desde ese… día – murmuró formando una expresión cabizbaja en su hermoso rostro.
Y la verdad es que ni un murmullo parecía. Sus palabras, cortantes, resoplaron tan inaudibles en el ambiente interior del automóvil que tuve que descifrar su contenido. Claro, tan fácil me resultaba, la conocía tanto…
De momento, invadieron mi mente un sin fin de recuerdos lejanos, confusos. Quizá mi infancia, quizá la eventual actualidad. Mi memoria cada día fallaba más, la obsesión me mantenía cegado, dopado. Como si no fuese suficiente con el intenso dolor que irradiaba mi alma. Como si no fuese suficiente con el incesante terror que inundaba mi corazón. Como si no fuese suficiente con convertirme en un patético paranoico enamorado. Más aún, me cegaba, me aturdía, me envejecía.
Las imágenes eran borrosas, casi imperceptibles. Distinguí una figura femenina apoyada sobre el capó del automóvil negro, fumando con actitud de irreverencia y con su acompañante riendo a carcajadas. Los recuerdos se hacían más precisos esta vez. En un oscuro sendero, el auto negro se encontraba aparcado a la derecha. Los árboles agitaban sus ramas con vehemencia y a pesar de la helada exterior, la mujer vestía una falda corta de mezclilla con una blusa verde que contrastaba con su bello tono de piel color tigresa. Inmediatamente a esa imagen, mi cabeza se retorcía, tras un gran esfuerzo mental, como si estuviera recobrando la memoria, como si durante un gran lapsus de mi vida hubiese tenido amnesia y entonces la imagen se hizo clara: un deteriorado poncho rojo acercándose al sendero, de seguro con exceso de velocidad para la zona, estrecha. La mujer de blusa verdosa, acercándose al camino, borracha. El hombre que la acompañaba gritaba eufórico, henchido en santo gozo justiciero, la empujaba, la levantaba y reía. Ambos estaban borrachos, ¿jugaban?, ¿peleaban?, quizá son incógnitas que jamás podría descifrar. Y de pronto, el poncho, un rechinido de llantas en el cemento, un segundo, un estrello. Una vida menos.
- ¿Que ocurre? ¿Comienzas a recordar algo? – habló Mariana con un dejo de euforia en su voz. Quizás apagada debido al interminable llanto.
- Es sólo que…
Y entonces en ese momento me di cuenta que tenía mi cabeza acurrucada en los brazos. No recordaba con exactitud el momento en que había detenido el automóvil y menos aún el instante en que me estacioné frente a su casa.
- Estamos en tu casa. – intenté asegurar.
- Lo sé. Ya harán una hora desde que llegamos.
¿Una hora? ¿Cómo era posible que llevásemos tanto tiempo aparcados frente a su casa?
- Y bien, ¿que te sucede?, ¿te sientes bien?, ¿no quieres pasar? Papá está en casa y de seguro tendrá la voluntad de hacerte pasar a la consulta.
- Creo que estoy bien, pero no me haría mal una pequeña revisión. Tengo un dolor de cabeza infernal.
Tenía la extraña necesidad de entrar a su casa, como si algo buscara allí. No entendía muy bien qué, pero de seguro me haría encontrar respuestas a las interrogantes de mi cabeza. Maldita amnesia.
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