domingo, agosto 23

Pequeños Rasguños (Segundo Movimiento)

(Parte Segunda)

Avanzamos hacia su casa y entramos en el salón. Nos sentamos con cierta distancia premeditada en los sillones antagónicos que se ubicaban alrededor de la lúgubre mesita de centro. Esperamos pacientes la aparición de su padre.

- ¿Desde hace cuanto te conozco, Mariana? – pregunté, intentando despejar mi mente con su cantarina voz. Mientras la escuchaba, más me sumía en la miseria de no tenerla, pero mi mente se relajaba; las contracciones cerebrales dejaban de hacer de las suyas.

- Desde pequeños – contestó, arqueando las comisuras de sus labios rojos. Hizo ademán de recordar, tal vez una anécdota y prosiguió: Cuando éramos pequeños Felipe, nos la pasábamos todo el día juntos en los matorrales buscando moras maduras en las zarzamoras. Tu siempre encontrabas primero que yo y te las comías todas sin convidarme aunque fuese solo una y me ponía a llorar de primera y entre sollozos me decías “De que viene todo ese llanto, si tu no sabes buscar, allá tú, no es mi culpa que seas tan mala sabuesa. De seguro hasta un bebé recién nacido las encontraría antes que tú”. Y entonces yo me enrabiaba y no te hablaba durante toda la tarde, hasta que se repetía a la siguiente mañana y así con todas las amanecidas de primavera.

- Hasta que conociste a Johnny – contesté con tono irónico, intentando ocultar mi amargura. Porque si bien no recordaba mucho luego del accidente, sabía perfectamente que nuestro distanciamiento se debía a la aparición de Johnny en la vida de Mariana. Cartas me lo comunicaban. Además, tonto no era. Maldito Johnny, volví a pensar. Todo, exactamente todo, se trataba de él. Y de Mariana y de su brillante relación de amor. Que asco, que amargura, que dolor.

Lo siento – susurró. Encrespó los dedos de ambas manos y se las tomó simulando impaciencia. De verdad estaba incómoda. Lo notaba.

- No lo sientas – increpé - No lo sientas sólo por lástima. Doy pena, lo sé.

- ¡Felipe!, te has convertido en mi mejor amigo. Yo te quiero, no como tú. Pero me daña tanto como a ti el tener que decirte que no. Johnny está conmigo y tú no puedes involucrarte ya.

- Te trata pésimo – la increpé nuevamente. Su rostro se tornó sombrío. Bajó la mirada y atisbé su expresión: era completamente indescifrable.

- No es eso, sólo es algo más efusivo, más pasional. Cuando se sobresalta se sale de sus casillas. El que me gritara tanto hoy, no lo sé. Tal vez me lo merecía, ¿no crees?

- ¿ESTÁS LOCA? – chillé con furia. Si hoy yo no te hubiese arrastrado hacia el estacionamiento de seguro te hacía trizas las narices, delante de todos.

- El intenta protegerme eso es todo. – suspiró como rendida, y se acomodó mejor en el sitial del juego de sillones de su salón.

No lograba entender como le soportaba tanto. No lograba entender como pretendía calmarme diciéndome que él intenta protegerla. Es una vergüenza. ¿O es que ella aún no entendía que su novio no sólo era un poco más efusivo de lo normal, sino violento y bastante. Es por eso que pasaba con psiquiatra, el animal. Aunque yo también pasaba en consultas con loqueros y animal no era. Era relajado, calmado, el hijo ideal. Mis únicos dos problemas: la pérdida de mi memoria y la aberrante obsesión de conseguir el tesoro.

Un momento… ¿moras?, ¿Johnny?, ¿Mariana?, ¿rasguños?, ¿autos?, ¿accidente?

Y justo en ese momento, vi levantarse lentamente la cabeza de Mariana, absorta nuevamente en su llanto y observar con clara indecisión un punto fijo.

- Estaba desesperado, hija. Así que le permití entrar – recalcó el médico.

Giré la cabeza, anonadado. Y estaba él, ubicado a la derecha del doctor.

- Lo siento tanto, preciosa. Hoy me precipité demasiado. Exageré. Tu sabes que sólo fue en deseo de evitar tu culpabilidad – se acercó, tocando sus mejillas, enrojecidas del llanto – Tu sabes que no tienes la culpa de nada, mi amor - y una mirada fulminante se atravesó en mi campo visual.

Y comprendí todo. Más bien, recordé todo. Un estremecimiento atravesó como una puntada en la parte posterior de mi cabeza. La aferré fuerte contra mi regazo y volví a presenciar todas las imágenes. Desde el comienzo. Una cronología de mi vida en mi cabeza, en un pálpito. Mi infancia, zarzamoras, Johnny y su llegada al liceo, el paso a la universidad, un día de paseo con papá en el viejo y ahora destrozado poncho rojo. Oscuridad total. Una mujer estremecida, sumida en llanto. Maltratada, con enormes rasguños sobre la piel. Un animal, acechándola, cortejándola, manipulándola. Un eterno enamorado acercándose al camino, captando la realidad de la situación.

- Tranquilo hijo, nos bajaremos a detener a Johnny y llevaremos a Mariana a casa. ¡Tranquilo, frena por favor!

Y entonces el animal con invencible insensibilidad, con una mirada, desató completamente mi furia. Con absoluta crueldad, mostró un barrote, ensangrentado. Personalidades múltiples y todo eso a mi no me compraban. Que había que entenderle ni nada. ¿Esquizofrenia?, escusas. Y en un intento de maniobra, aceleré el poncho con intenciones de atropellarle, fulminarle con los neumáticos. Un intento fallido, una mala maniobra. Escuché un grito ensordecedor. Un rechinido de llantas sobre el asfalto. Un auto volcado. Cicatrices en el cuerpo.


Levanté mi cabeza y con odio ensordecedor amenacé con la mirada al animal aquel. Mis ojos enrojecidos invadidos por las lagrimas me nublaban la vista y entonces recordé. Toqué la parte posterior de mi cuello y sentí las cicatrices. Como pequeños rasguños justo sobre mi médula espinal.

Y comprendí porque siempre permaneció a mi lado, a pesar de las torturas. La maldita lastima. La inescrupulosa misericordia. La miserable compasión. La atormentante culpabilidad.

Con voz engorrosa, exclamé: Te amo. Y observé fijamente los suaves y pequeños rasguños que tenía sobre la piel. Parecido a los que me cubrían completamente todo mi ser.

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Andrés nació poeta

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