La histeria colectiva de los desajustes elementales,
la histeria colectiva de los embrollos en desacuerdo
la histeria personalizada de los caza-fantasmas
de los caza-recuerdos, de las casas sin ventanas,
de las casas con telarañas, de las casas sin hogar.
La histeria se prolonga por los ventanales,
con el sudor del sexo desenfrenado sin pasión
con los orgasmos desventurados sin amor
de la sincronía reproductiva de los moteles
que revientan en abortos espontáneos.
Las pastillas anticonceptivas para embarazadas
las clínicas psiquíatricas en adopción
los abortos clandestinos para padres estériles
el maquillador de cadáveres para fetos sin rostro;
el cordón umbilical ahorcó el amor.
La histeria colectiva por devolver lo usado
por responder los tonos de espera de las contracciones
con la musiquita de cajita musical de muñecos en resplandor
de los neonatos sin vida, asfixiados por el corazón
de la madre que llora por las fechas inexistentes del calendario.
Hay un aborto social de conciencias elementales
sin saberse cierta, sin saberse viva, sin saberse de si misma
ni reconocer de los demás,
cuando hay niños que lloran y madres que duelen
padres ahogados con fetiches de sexo en el armario.
El mundo abortó corazones olvidados.
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