Yo tampoco le tenía miedo a las caídas.
Me gustaban las heridas porque entre más sangraban, más protagonizabas la acción y eras el centro de atención de todos los presentes. Si llorabas, incluso podías pedir alguna compensación para sentirte mejor: un helado, un abrazo, un chocolate.
Las costras se convertían en la diversión de la semana; por lo general, solía sacarme todas las costras hasta que la herida volvía a arder y a sangrar; pero el dolor no dolía, pero el ardor, no ardía, pero el mal rato, era una diversión y la comparación de cicatrices era un nuevo juego entre los amigos del barrio.
Pero ahora, que me amenazan con llamar a los carabineros si "juego en lugares públicos", que me obligan a bajarme de los "juegos para niños", que mi porte no es el apto para subirme a juegos para menores de 1.35 m, las cosas son distintas.
Las heridas duelen y no son visibles en la piel, son intensas dentro del cuerpo, en el pecho, en el esófago, en la garganta, en los ojos. Y no tienen cicatrices con forma; si las tocas o las pasas a llevar, arden mucho y vuelven a sangrar y muchas de ellas nunca forman costra y muchas otras nunca abandonan el espacio donde han dejado su cicatriz.
Y que absurdo pensar que muchos otros forman sus propias heridas de piel para subsanar las heridas de esa cosa que está adentro y que te atragantan con sangre la garganta. Dicen, los absurdos, que así, sacando la sangre a flor de piel, duele menos.
Pero a mi no me sirve. Tampoco me sirve desgarrar los epitelios del estómago ni del hígago tomando botellas con muchos grados de alcohol. Tampoco me sirven las colillas de cigarros en la ventana de mi pieza ni la colonia depositada en la garganta, ni las inyecciones de heroína o las ganas de "volar". Tampoco aminoran el dolor los neurolépticos del psiquiátrico, ni los ansiolíticos del psicólogo, ni vomitar hasta desgarrar la mucosa estomacal de mi cuerpo.
Ni la sobredosis de todo un poco, ni herirme más con desencuentros tortuosos, ni llorar hasta morir en una esquina de la ciudad.
La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño. (Friedrich Nietzsche)
Así tal vez las heridas duelan menos y aprenda nuevamente a revalorizar las cicatrices de piel que ahora tanto duelen.
Así, cuando salgan a andar en bicicleta, no le temeré a las caídas.
Y esa herida que tengo aquí, muy adentro en mí, se convierta en un vuelo de una estrella de papel celofán.
¡Ojala!
Porque siempre existirán las llamadas telefónicas y los teléfonos públicos y "todo el amor que te tengo"
¡Ojalá!
Me gustaban las heridas porque entre más sangraban, más protagonizabas la acción y eras el centro de atención de todos los presentes. Si llorabas, incluso podías pedir alguna compensación para sentirte mejor: un helado, un abrazo, un chocolate.
Las costras se convertían en la diversión de la semana; por lo general, solía sacarme todas las costras hasta que la herida volvía a arder y a sangrar; pero el dolor no dolía, pero el ardor, no ardía, pero el mal rato, era una diversión y la comparación de cicatrices era un nuevo juego entre los amigos del barrio.
Pero ahora, que me amenazan con llamar a los carabineros si "juego en lugares públicos", que me obligan a bajarme de los "juegos para niños", que mi porte no es el apto para subirme a juegos para menores de 1.35 m, las cosas son distintas.
Las heridas duelen y no son visibles en la piel, son intensas dentro del cuerpo, en el pecho, en el esófago, en la garganta, en los ojos. Y no tienen cicatrices con forma; si las tocas o las pasas a llevar, arden mucho y vuelven a sangrar y muchas de ellas nunca forman costra y muchas otras nunca abandonan el espacio donde han dejado su cicatriz.
Y que absurdo pensar que muchos otros forman sus propias heridas de piel para subsanar las heridas de esa cosa que está adentro y que te atragantan con sangre la garganta. Dicen, los absurdos, que así, sacando la sangre a flor de piel, duele menos.
Pero a mi no me sirve. Tampoco me sirve desgarrar los epitelios del estómago ni del hígago tomando botellas con muchos grados de alcohol. Tampoco me sirven las colillas de cigarros en la ventana de mi pieza ni la colonia depositada en la garganta, ni las inyecciones de heroína o las ganas de "volar". Tampoco aminoran el dolor los neurolépticos del psiquiátrico, ni los ansiolíticos del psicólogo, ni vomitar hasta desgarrar la mucosa estomacal de mi cuerpo.
Ni la sobredosis de todo un poco, ni herirme más con desencuentros tortuosos, ni llorar hasta morir en una esquina de la ciudad.
La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño. (Friedrich Nietzsche)
Así tal vez las heridas duelan menos y aprenda nuevamente a revalorizar las cicatrices de piel que ahora tanto duelen.
Así, cuando salgan a andar en bicicleta, no le temeré a las caídas.
Y esa herida que tengo aquí, muy adentro en mí, se convierta en un vuelo de una estrella de papel celofán.
¡Ojala!
Porque siempre existirán las llamadas telefónicas y los teléfonos públicos y "todo el amor que te tengo"
¡Ojalá!
Quizás el problema es que jugamos a ser niños, no nos creemos el cuento de verdad, hacemos como que lo creemos...y nos dañamos por tontos.
ResponderEliminar(A veces vuelve a mi mente "absurda" la idea de que exteriorizar mis heridas, puede hacer desaparecer las interiores...es tan idiota...pero hace tiempo que lucho contra ello, y 99,9% de las esas veces, gano (: supongo que escribir y leer es un buen método de llegar a ganar)