Estaban los dos solos acostados en la cama. Sus siluetas dibujaban una figura unilateral en el espectro de la noche que aún no era noche porque faltaban algunos minutos para que el cielo entregara sus cuidados a la noche, para que el luna se desvelara sobre la silueta de los dos amantes unilateralmente unidos en la sombra del esplendor a medio anochecer.
La ventana estaba abierta y los gemidos que proferían giraban en torno a todos los árboles del patio. Danzaban entre melodías agónicas, el dulzor del duelo en primavera, las hojas caídas y las flores en fruto.
Se crispaban, enrollaban, conversaban, talvez follaban, pero talvez no. Talvez él creía que follaban pero ella sólo miraba la ventana. Talvez ella creía que follaban pero él sólo se consentía mirando sus caderas. Talvez ninguno creía nada pero sin duda follaban o eso creían los gemidos que atolondrados descargaban por sus bocas a la luz de la lámpara a medio encender, a medio apagar, a medio abierta por la luz que entraba en la ventana y que divulgaban sus pensamientos orgámiscos mientras estaban recostados uno al lado del otro sin hacer nada.
De pronto el color de los planetas cambió o el celofán se silenció y ella escondida ente las sábanas comenzó a llorar. Ella lloraba o eso creía y él la abrazaba. La miraba con sonrisa hueca y ella con sonrisa apagada. Él la miraba y se reía, porque disfrutaba de su llanto. No porque quisiera verla sufrir sino porque ella solía demostrar en su llanto una mueca simpática en la boca que a él lo hacía reir o burlarse o reirse fuerte o burlar despacio, así como oculto porque ella se enojaba y a él le daba risa, esa risa burlesca que a ella la hacía enojar mucho mucho enojarse con histeria hasta llegar a la miseria. La luna contemplaba la risa en llanto que esta pareja mantenía, casi como un juego de poder. Pero él la abrazaba y le decía al oído "yo no te voy dejar sola, yo no te voy a dejar, nena" eso le decía él, le susurraba, no, le gritaba, porque la burlesca risa no le permitía la empatía y se reía y ella lloraba y se escondía bajo la almohada y los gemidos, por mientras follaban, como histéricos, con las alocadas ganas de terminarlo pronto "yo no te voy a dejar sola" le repetía, le gritaba, le gemía y ella lloraba y lloraba "no te voy a dejar sola, recuérdame, como te llamas? que a veces olvido tu nombre bajo la sábanas. "No te voy a dejar, no, no lo haré, cómo te llamas" y ella lloraba y gritaba y el paraíso follaba y Dios follaba con ellos y árboles se movían como intentando tocarse, como intentar tocarlos, con mesura, con franqueza, con frescura, con violencia, desgarrarles la piel y así todos contra ella, que lloraba y él se reía y miraba la luna como alocado "no te voy a dejar sola, pero deja de llorar que la luna se espanta, cállate y mírame y tócame" y reía y las sombras también y los fantasmas y la luna y la amanecida noche y las pesadillas, las pesadillas, los fantasmas, LAS PESADILLAS! basta basta basta basta BASTA!
Se despertó a media noche con el sudor impregnado en sus sienes y discó el número en el aparato. Él contesta, como atontado, estaba dormido; le pregunta que pasa.
Ella contesta, luego de un rato.
"Viniste a matarme, no es cierto?"
La ventana estaba abierta y los gemidos que proferían giraban en torno a todos los árboles del patio. Danzaban entre melodías agónicas, el dulzor del duelo en primavera, las hojas caídas y las flores en fruto.
Se crispaban, enrollaban, conversaban, talvez follaban, pero talvez no. Talvez él creía que follaban pero ella sólo miraba la ventana. Talvez ella creía que follaban pero él sólo se consentía mirando sus caderas. Talvez ninguno creía nada pero sin duda follaban o eso creían los gemidos que atolondrados descargaban por sus bocas a la luz de la lámpara a medio encender, a medio apagar, a medio abierta por la luz que entraba en la ventana y que divulgaban sus pensamientos orgámiscos mientras estaban recostados uno al lado del otro sin hacer nada.
De pronto el color de los planetas cambió o el celofán se silenció y ella escondida ente las sábanas comenzó a llorar. Ella lloraba o eso creía y él la abrazaba. La miraba con sonrisa hueca y ella con sonrisa apagada. Él la miraba y se reía, porque disfrutaba de su llanto. No porque quisiera verla sufrir sino porque ella solía demostrar en su llanto una mueca simpática en la boca que a él lo hacía reir o burlarse o reirse fuerte o burlar despacio, así como oculto porque ella se enojaba y a él le daba risa, esa risa burlesca que a ella la hacía enojar mucho mucho enojarse con histeria hasta llegar a la miseria. La luna contemplaba la risa en llanto que esta pareja mantenía, casi como un juego de poder. Pero él la abrazaba y le decía al oído "yo no te voy dejar sola, yo no te voy a dejar, nena" eso le decía él, le susurraba, no, le gritaba, porque la burlesca risa no le permitía la empatía y se reía y ella lloraba y se escondía bajo la almohada y los gemidos, por mientras follaban, como histéricos, con las alocadas ganas de terminarlo pronto "yo no te voy a dejar sola" le repetía, le gritaba, le gemía y ella lloraba y lloraba "no te voy a dejar sola, recuérdame, como te llamas? que a veces olvido tu nombre bajo la sábanas. "No te voy a dejar, no, no lo haré, cómo te llamas" y ella lloraba y gritaba y el paraíso follaba y Dios follaba con ellos y árboles se movían como intentando tocarse, como intentar tocarlos, con mesura, con franqueza, con frescura, con violencia, desgarrarles la piel y así todos contra ella, que lloraba y él se reía y miraba la luna como alocado "no te voy a dejar sola, pero deja de llorar que la luna se espanta, cállate y mírame y tócame" y reía y las sombras también y los fantasmas y la luna y la amanecida noche y las pesadillas, las pesadillas, los fantasmas, LAS PESADILLAS! basta basta basta basta BASTA!
Se despertó a media noche con el sudor impregnado en sus sienes y discó el número en el aparato. Él contesta, como atontado, estaba dormido; le pregunta que pasa.
Ella contesta, luego de un rato.
"Viniste a matarme, no es cierto?"
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