martes, abril 20

Supercaligrafilistico

Camille me prometió cuidar de tus recuerdos y procuró compartir conmigo el poder de manejar el tiempo; fue entonces cuando me percaté de su propia elasticidad.

Me di cuenta que yo no estaba retrocediendo, más bien giraba en modos oblicuos hacia un planeta lejano o una dimesión ajena. No sé, fue una cosa bien rara.
Y me puse a girar de cabeza y la sangre me sube (o baja) a la cabeza y doy vueltas y más vueltas y las cefaleas se hacen incesantes, pero igual me gusta porque me mantiene en estados, aunque un poco esquizofrénicos, divertidos y creadores.

Pero me prometí no mirar las estrellas, por un tiempo, aunque fuera, porque cada vez que las miro es como quemarme con ácido los ojos y deshojarme la piel en pedazos insignificantes que se hacen nada en el vacío. Ya pasará, me digo, ya pasará.

Y me dije no, y me dije muchas veces no. A veces la voluntad cae pero siempre he sido conocedora de mi fortaleza emocional, o más bien, mi capacidad de refractar los espacios y la luz y camuflarme en máscaras sórdidas, en fin, mi profesión de camaleón.

La cosa es que apareces un día como hoy, así como ayer o el año pasado en noviembre, no sé, no me acuerdo y me conviertes en un sistema inmune ante las profundidades abismales. Lo divertido es que sólo me hablaste de analogías vanales y bien simpáticas y me gustó eso, me gustó.

Entonces acá me tengo, tomada de un brazo y sentada sobre mis zapatos de lluvia y me dispongo a salir a buscar fantasmas.

Y es genial porque siento la inmovilidad de mi cuerpo mientras mi cabeza no necesita nada más que crear la realidad de la que quiero abastecerme y circulo, como un círculo en espiral, y soplo como el viento en espiral.

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Andrés nació poeta

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