lunes, enero 4

Cuando la (a)puesta de(l) sol fundamenta la rotación terretre

Es que es poco lo que me veo en tiempos de sol.
Me gusta camuflarme, entre montañas, entre volcanes, entre murciélagos y espantos.

Es común encontrarme -esto escrito entre asteriscos diminutos- por donde sea que divague un gato o una lechuza, pues me convierto en ojos zizagueantes de la oscuridad.

Albergada en un castillo, dibujo la inocencia de tus ojos que creen volver a encontrarme, que intentan persuadirme de que la verdad está, frente a mis ojos.
Puesto que soy una falsa realidad de tu existencia, es un poco difícil convencerme de la candidez de cualquier artefacto mágico que, como misión, tenga la que encontrar la coartada perfecta para unirnos.
Mi crimen es más bien un asesinato al río maltrecho, al árbol de plástico, a la estrella perdida sin rastros de luz.

Mi móvil se fundamenta en un relámpago de miel. Sus argumentos, aunque flexibles, son una base firme para finalizar la venganza. Y es tan dulce que no podrás evitar caer. Como ya has caído y como yo he caído.
Es por el puro gusto de verte intentar encontrarme, mi querido. Pero yo recorro tus calles, tus teatros, tus humeantes piletas, tus ridículas ventajas de ser el más poblado. Tu sonrisa diminuta cuando aquel destello que irradias te convierte en ciudad. Con o sin historia. Con o sin tiempos.

Pues yo no necesito escaparme a las carreteras del sol para poder admirarte o despreciarte.
Pues yo no necesito esconderme en la lejanía de un lago artificial para poder lamerte los pies, diminutos, asquerosos de basura.
Ya lo he dicho. Yo no necesito fugarme a un espacio desierto con saborcito a nada, visto con anteojos de sol como un espejismo a la orilla del mar, para entender que hueles a mierda.


En tiempos de sol o en tiempos de luna, lo fatigamos con el estruendo, con la sobredosis de nosotros mismos, con el coma etílico, con el cáncer a los huesos, con la enfermedad creciente, neurodegenerativa. Con la demencia y la muerte y el maldito olor a tabaco y puterio.
A veces pretendemos recobrar la historia. Pero el amigo alemán nos inunda con su ausente caída del cielo.

A mi me gusta radicarme en tu cabellera blanca, Santiago.
Y desde el fin de la colina, gritarte, gritarte, gritarte que contemos el sabor de estos tiempos.

9 comentarios:

  1. wn, siempre me cuesta caleta entender tus cosas, pero me gustan xD es como loco :B no sé

    te quiero fea, gei (:
    blah!

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  2. ¡pero qué talento catalina barrientos!
    me gusta, me gusta, me gusta como le cantas a Santiago, como que capté al principio, me gusta cómo lo guiaste, cómo lo armonizaste, como lo terminaste.

    soy la vicky, tu gurú y ahora te sigo.

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  3. Santiago es terrible trígido!
    yo pienso que cada uno somos un pequeño Santiago, por ejemplo yo siempre me quiero morir de sobredosis o cáncer (peor no a los huesos , uno cerebral sería buenaonda), y en realidad todos se mueren cada día, como Santiago .
    Saludos Cata :3

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  4. Santiago es odiable, un poco, bastante.
    Me gusta refugiarme en la cabellera verde de santiago, cuando llegas a la cabellera blanca sabes que santiago terminó con la última cabellera gris que dejaste al paso.

    Cuando leí el título pensé como en astrofísica, colapsé, pero no era tan terrible como lo pensé.

    Ktaa (:

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  6. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  7. ¿Refugiarse en la cabellera verde de Santiago?
    Más bien, la cabellera blanca representa una historia. Algo que todos negamos de la ciudad.
    Como si Santiago no tuviera historia.
    Pero somos nosotros mismos quienes la conformamos.
    El problema no es Santiago, el problema es el sistema en el cual está inmerso Santiago.
    Tú/todos también constituímos un poquito de esta ciudad que muchos odian.
    La historia de Santiago es la historia de todas las capitales del mundo y sobre todo de paises subderrallodos.
    En Paris, que es más pequeño en dimensión que Santiago, habitan más personas. Todas hacinadas en departamentos, claro que bien bonitos. Esa es la diferencia.

    ¿Refugiarte de qué? De tu propia histeria colectiva?

    El punto está en que la historia de Santiago podemos hacerla propia. En ese momento talvez podremos querer un poquito a este viejo maltrecho, de cabellera blanca, zapatos rotos, sombrero gris y un abrigo negro muy largo.
    Uf, si tuviesemos el poder de arreglar Santiago, de ponerlo bonito, con árboles y mucho verde, un río cristalino y un cielo azul.
    Insisto, el problema no es Santiago, es el sistema.

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  8. Apoyo lo de Asaray: todos somo un pequeño Santiago y morimos, cada día.

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  9. ¿Puede creer que recién vengo a ver tu comentario y que para rematar me equivoqué de blog xD?
    Hola K.ta :)

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Andrés nació poeta

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